Federico Klemm destacaba por su lucidez: sabía por razones obvias que no era el autor cabal de sus obras, pero no se lo creía a posteriori; sabía que, de no ser por su dinero, sería un paria en el mundo del arte; sabía, finalmente, que la fascinación que despertaba en la televisión convivía con una dosis equivalente de ironía y de desprecio. Los mismos programas que encontraban en su extravagancia una fuente inagotable de audiencia y rating lo convertían con frecuencia en objeto de escarnio. Sin embargo, lejos de ignorar esa ambivalencia, la incorporaba a sabiendas a su personalidad y hacía del ridículo la parte más constitutiva de su proyecto público.
A medida que el arte o incluso la poesía comienzan a incorporar una discursividad económico-financiera, cabe preguntarse si un intento de esbozar un arte o una poesía “sobre el dinero” o “sobre la deuda” constituye en sí mismo una herramienta crítica capaz de desestabilizar nuestro vínculo ontológico con la deuda y movilizar otro tipo de energía que no sea la ironía o la buena conciencia. En el campo de la buena conciencia, un progresismo remanido y de baja incidencia electoral ya dio muestras de lo que es incapaz de hacer. Podemos quedarnos tranquilos de que estamos del lado correcto de la historia, pero eso no significa que estemos en presencia de una nueva camada de artistas críticos solo porque la realidad se nos vino encima.
Creador de un método personal, que no prescindía de la aparición siempre nerviosa de las influencias, fue un pionero en las discusiones acerca de la historia entendida como una práctica contra la profesionalización de la escritura, contra su asepsia. Su método era el de no descartar nada de lo que se había usado antes sin olvidarse de agregar el presente. Todo podía significar en la vida y en la historia. Aceptaba que una vez que tal situación o lectura nos influyen, sin que importe si para bien o para mal, no hay forma de esquivarlas. Era un dialéctico sin fin.
¿Quién importa en el arte? Podríamos decir que las personas importantes en el arte son aquellas que, partiendo del terreno común del autodesprecio, lograron sostener la armonía escabrosa entre el idealismo previo a resignar el yo y el materialismo del yo resignado.