Piro Jaramillo
Los argentinos estamos perdidos en el laberinto de la deuda y no sabemos cómo salir. Ni a nivel personal ni a nivel colectivo. Es un problema histórico, amasado desde hace por lo menos dos siglos y agravado a partir de 1976, aunque ya está tan licuado en nuestro ADN que no se sabe bien qué viene primero, si la Argentina o la deuda. El Estado argentino tardó 80 años en repagar su primer préstamo externo, el empréstito Baring, contraído con la banca londinense por el gobierno de Bernardino Rivadavia en 1824. El mes pasado, el Congreso empezó a tratar algunas iniciativas destinadas a resolver la morosidad de las familias. Somos el principal deudor del FMI, seguido de Ucrania, un país en guerra. ¿Cuál es nuestra guerra?
Al regreso de la democracia, tras siete años de dictadura, la deuda externa se había multiplicado por seis. Dos años después, en 1985, Marta Minujín realizó una performance titulada Pago de la deuda externa argentina a Andy Warhol con maíz, el oro latinoamericano. El registro fotográfico realizado en The Factory, la sede de trabajo del artista neoyorquino, muestra a ambos artistas sentados en sillas separadas, espalda con espalda, sobre una pila de mazorcas. La obra sublimaba el trauma original y ponía en la agenda artística global lo que un grupo de bancos de inversión ya había puesto como prioridad en sus trading desks: originar y comerciar deuda en mercados emergentes como nueva frontera del negocio. Los art dealers siguieron.
A medida que el arte o incluso la poesía comienzan a incorporar una discursividad económico-financiera, cabe preguntarse si un intento de esbozar un arte o una poesía “sobre el dinero” o “sobre la deuda” constituye en sí mismo una herramienta crítica capaz de desestabilizar nuestro vínculo ontológico con la deuda y movilizar otro tipo de energía que no sea la ironía o la buena conciencia. En el campo de la buena conciencia, un progresismo remanido y de baja incidencia electoral ya dio muestras de lo que es incapaz de hacer. Podemos quedarnos tranquilos de que estamos del lado correcto de la historia, pero eso no significa que estemos en presencia de una nueva camada de artistas críticos solo porque la realidad se nos vino encima. Quizá, en el plano retórico, sean comentadores atinados de asuntos públicos, igual que algunos periodistas o streamers. En el campo de la ironía va a resultar difícil competir con la realidad: el hijo de Marta Minujín, Facundo Gómez Minujín, es el actual CEO en Argentina del banco de inversión norteamericano JP Morgan, uno de los principales acreedores externos del país.
En mayo de 2025, el artista mendocino Andrés Piña reconstruyó el imaginario de volatilidad cambiaria y especulación con el color de la nueva época en la performance Casa de Cambio, realizada el año pasado en la sala La Justicia. En el hall de acceso a la sala ubicada en una galería del microcentro porteño, un actor en el papel de arbolito voceaba “cambio” e invitaba a los visitantes a acercarse al local, ofreciendo en la pantalla de su celular los precios de las bebidas que podían comprar puertas adentro. Una vez hecho el pedido, una mano surgía entre el cortinado que caía pesado sobre la vidriera para destapar a la vista del cliente latas de cerveza sobre una repisa. Sobre la mesa y a un costado de la vidriera, una máquina de contar billetes. Como si fuera la puesta en escena de un acto de magia, la mano se movía con elegancia no para mostrar un truco, sino para exhibir la arbitrariedad del mecanismo y transpolar una escena central de la vida económica argentina a una transacción vulgar. A diferencia de la mano invisible de Adam Smith, tan elogiada por el presidente, esta mano era lo único visible. Carroña, otra obra de Piña y parte de una serie más grande llamada Bestiario, también recupera la máquina de contar billetes, solo que esta vez aparece incrustada en el tronco de un buitre, como si fuera una quimera poscorralito en épocas de carry trade, especulación y dólar planchado.
También el colectivo de artistas Tótem Tabú organizó en mayo de este año en el espacio Hermes una muestra llamada CA$HHH (Bolsa de Valores), con la participación de más de 150 artistas. La convocatoria fue amplia y sin restricciones, basada en la interpretación libre de los tropos económicos argentinos. El resultado fue una colección de obras que mostró de una manera variada el estado de ánimo de un segmento de la sociedad. Se pudieron ver distintas imágenes: culottes de inspiración kitsch con la palabra “FINANCIACIÓN” impresa en el reverso, una escultura de posnet grotesca hecha de yeso simulando todos los colores y atributos del original. Arte en la época de las fintechs y de los créditos a sola firma, en una atmósfera de distorsión y brillantina digital. Pero más allá de los resultados o de las afinidades personales con tal o cual obra, vale la pena notar cierta preocupación contingente por “hablar” de la realidad, como si para algunos se hubiera vuelto más urgente incorporar material de los acontecimientos inmediatos a su obra como una forma de afianzar una potencia y registrar su pertenencia a la agenda del momento.
Hito Steyerl afirmó en una entrevista reciente con Joshua Citarella que los mercados de apuestas o predictivos pronto reemplazarán al arte contemporáneo en sus funciones de especulación y exención tributaria. Es posible, aunque en algunos países como Argentina la clase dominante sigue aferrada a sus viejos rituales.
En una subasta en septiembre del año pasado a beneficio del Hospital Churruca de la Policía Federal realizada en la galería Roldán, en el barrio de Retiro, se podía meter la nariz en la displicencia del gasto suntuario de las clases altas argentinas, entre las que se encontraban empresarios y herederos como Amalia Amoedo y Marcos Bulgheroni. “¿Qué nombre querés dar?”, preguntaba el carismático rematador a cada uno de los ganadores. Como para dejar en claro que la inocencia fiscal tiene en el círculo del arte argentino una amplia aceptación social. Algunos de los participantes del debate cedían a sus hijos, menores de edad, los carteles numerados con los que pujaban por las obras de artistas jóvenes a cambio de tickets que oscilaron entre 600 y 6000 dólares. “Papá paga”, comentaba de nuevo el rematador, jocoso, y probablemente con alivio, ya que el costo de sostener al Churruca resultó mucho menor que el de contener los embates del mercado: el mismo día de la subasta, el Banco Central tuvo que quemar 379 millones de dólares en un solo día para contener la salida del dólar, la mayor intervención de la entidad monetaria desde la salida del cepo cambiario en abril de ese mismo año.
El arte contemporáneo en países emergentes también parece seguir ofreciendo una instancia de legitimidad social a la oligarquía advenediza. Augusto Marini, dueño de Blender y Carajo que apuesta al negocio de la opinión a ambos lados del mostrador, fue uno de los protagonistas y auspiciantes de la última edición de arteBA. CaleGroup, el holding que preside, apareció mencionado en varios artículos periodísticos que cubrieron el evento en los que su rostro y el de su esposa, Angie Landaburu, fueron muy visibles. Marini es también uno de los principales contratistas de obra pública ferroviaria, un rubro en el que jamás sonó el apellido familiar y del que, sin embargo, usufructúa sin que le tiemble el pulso. Tampoco le tiembla el pulso a la hora de pujar y ahora hace networking de lujo entre las filas establecidas del campo del arte. El establishment parece haberlo recibido con los brazos abiertos, en el mismo espacio donde galeristas jóvenes y artistas disidentes brindan con champagne.
Hace poco, en una cena de poetas, un escritor argentino representante de la cultura beatnik que vivió durante la década del setenta en Norteamérica decía que la vida en Argentina ahora es mucho más opresiva que durante la última dictadura. “Por lo menos antes tenías un lugar donde escapar”. Si la realidad ya se encargó de agotar todas las formas posibles de ironía y sarcasmo, y la buena conciencia es nada más (y nada menos) que el requisito para ser admitido en ciertos círculos sociales y recibir subsidios, ¿adónde hay que escaparse ahora?