Juan Laxagueborde
Antes, una cosa
Puede que la historia, como decía Barthes, sea la época en la que no habíamos nacido. Los historiadores hablan de momentos muy distintos que se enroscan entre sus papeles. Hay quienes los ordenan con una mesura quirúrgica y otros que dejan que la historia sea más que esos papeles. Hacen que formen parte del cordel traspapelado de los recuerdos, las lecturas y los hitos que nadie se había acordado de marcar. La historia, así, no es solo la época en la que no habíamos nacido. Esa sería una idea escasa. Más bien, es lo que nos aprieta y consume, lo que nos facilita una especie de cautela. Un buen historiador escribe en el punto justo donde se amontonan sin jerarquía los vectores de lo que pasa. Ese grado de locura necesaria, esa arbitrariedad indispensable, caracterizaban a Javier Trímboli.
¿Se lo puede leer de nuevo buscando en sus libros y en su archivo partes donde se identifique este método singular, este énfasis que Trímboli le ponía a las sombras de la historia? Me gustaría que se entienda la resonancia de la obra y la vida de Javier. Mejor dicho: no tanto que se entienda, sino hacer que quede pendiente como fuerza y legado.
1. Javier Trímboli (1966-2025) fue un historiador, crítico cultural y profesor que imaginaba sin dogmas la acción pública para intervenir desde lugares bien concretos que incluían la escuela secundaria, centros culturales de distinta magnitud, la universidad, la formación docente, los medios masivos de comunicación, el Estado, las revistas y los sindicatos.
¿Qué hace un profesor de historia con un poema? Esta pregunta es un ejemplo de su relación con los materiales, con las fuentes del historiador, que tenían que ser clásicas y raras. Estaba atento al peligro de la fatiga de esos mismos materiales, que se mantenían despiertos en su escritura machacante, generalmente agria y paradójica, una sospecha permanente sobre los sentidos comunes y la repetición. De esta desconfianza hizo un estilo con el que participaba en distintos lugares: de la TV Pública a un pilón de revistas culturales, de libros colectivos a streamings y podcasts con Julia Rosemberg. De Perón a Phillip Dick. De crónicas críticas sobre el roquismo al análisis renovador de las experiencias políticas recientes, sin olvidar el marxismo latinoamericano y sus metamorfosis. De la Plaza de Mayo al Mayo francés. De las discusiones sobre la película Los rubios a Don Cornelio y la Zona (un nombre que junta Saavedra con Tarkovski), y de ahí a Hanna Arendt o Roberto Arlt.
Creador de un método personal, que no prescindía de la aparición siempre nerviosa de las influencias, fue un pionero en las discusiones acerca de la historia entendida como una práctica contra la profesionalización de la escritura (la tendencia a la jerga académica y a la circularidad de las fuentes), contra su asepsia. La palabra divulgación no lo convencía, buscaba otra. Su método era el de no descartar nada de lo que se había usado antes sin olvidarse de agregar el presente. Todo podía significar en la vida y en la historia. Aceptaba que una vez que tal situación o lectura nos influyen, sin que importe si para bien o para mal, no hay forma de esquivarlas. Era un dialéctico sin fin. Un dialéctico que anticipaba los tapiales donde las cosas se complican y no progresan. Un dialéctico en contra con ganas de estar a favor y viceversa.
El año pasado varios de sus colegas y amigos organizaron su obra en un archivo con su nombre en la Universidad de La Plata que todos podemos consultar. Este archivo es la historia de los momentos textuales de Javier, su obra reunida. No pretende, como otros archivos, aclarar silencios, vacíos o intimidades. Es un archivo de obra y no de vida. Pero como la vida de Javier está en su obra, en algún punto es un archivo que también invita a leerla. Además, como hay videos, clases, entrevistas filmadas y columnas en programas, se puede notar su manera de hablar y los gestos. “Está el ademán”, como dice María Moreno, que le pone cuerpo a lo que podría haber sido solo letra. En definitiva, toda la obra de Javier, y el modo en que la estoy leyendo para ver qué puede ser, se organiza bajo esta idea de Horacio González en revista La Biblioteca: “La materialidad del archivo mantiene el drama que debe ser respetado por el historiador, pero sometiéndolo a la imaginación del no-archivo”.
2. En 1999 escribe un ensayo autobiográfico, “No tan distintos”, para el n°2 de la revista La escena contemporánea, que había fundado junto a Guillermo Korn, María Pía López y Diego Sztulwark. El número tenía varios textos sobre un año bisagra para todo el mundo: 1989. Con aquel título no solo evoca la canción de Sumo —en la que Luca Prodan canta con la candidez de un rockero enchufado a medias “esperando por el año 1989 / ya no queremos más guerras”— sino que se piensa a sí mismo no tan distinto, pero distinto. Parece el diario retrospectivo del pasaje de la juventud a la adultez y al desierto del sentido. Un veinteañero en el medio del río, ex militante del partido comunista, que no entiende bien qué quiere decir que vuelvan por unas horas el concepto de guerrilla y el nombre de Enrique Gorriarán Merlo. Un día de enero vuelven un montón de expresiones y calamidades que incluyen la muerte de muchos militantes de su edad en el marco de la toma del cuartel de La Tablada. Así empieza el año 1989 para el joven Trímboli, que pasa las vacaciones en Villa Gesell, que intenta trabajar en una fotocopiadora que funda con unos amigos cerca de la facultad, que sale de joda, que se ve a sí mismo escapando de lugares, que se cansa de escapar y se convence de tomarse en serio la carrera de Historia.
En 2023, cuando le pedimos a un artículo para la revista Segunda Época sobre marchas, movilizaciones y política en los noventa a partir de su mirada personal, escribió un ensayo entrecortado, suerte de apuntes de memorias, al que le puso “La parte no organizada” (puede que sea una discusión con la actual izquierda peronista, con las teorías de Damián Selci, como diciendo que en aquellas tradiciones no organizadas de las que formó parte también hay ceniza y fuentes). Trímboli recorre escenas de la política y la vida cotidiana de los años noventa con lejanía, pero así lo hacía también cuando escribía en el 99 del 89. Hay Plazas de Mayo con las Madres o CTERA, la revista Esculpiendo Milagros, donde escribía Pablo Schanton, pasillos de la Facultad de la calle Puan, periplos ricoteros en tren con amigos y botellas de Quilmes de un litro, contubernios en garages, lecturas de Sloterdijk, Ramos Mejía y Halperín Donghi (¿cuándo no?). Eran las memorias de lo que la política extraña de aquella década tiene guardado para compartir con este tiempo extraño también.
Unos meses antes de “No tan distintos”, también durante 1999, se había publicado su primer libro —los dos anteriores eran de entrevistas a personalidades de la vida intelectual—. Estamos hablando de Mil novecientos cuatro. Por el camino de Bialet Massé, una crónica acre de la Argentina de entonces, pero también un balance de la generación que a principios del siglo XX quiso desplegar políticas públicas en medio de la sociedad aluvial. Bialett Massé había sido el abogado laboralista catalán encargado de relevar en persona el estado de la clase obrera a lo largo y ancho del país en 1904, viajando de ciudad en ciudad, con el propósito de sentar las bases para una ley de derechos laborales que nunca llegó a impulsarse. Eran los años del apogeo del modelo roquista del Estado, fundador de instituciones, organizador de territorios, fundamentado en modelos de mando “fuertes” y decisionistas en medio de una atmósfera ya en crisis de las filosofías positivistas que pretendian transformar todo pensamiento en predicciones organizativas (del calendario escolar a la Ley de Residencia, que expulsaba a anarquistas con patetismo de epopeya y denostaba el cocoliche). Mil novecientos cuatro no solo es el resultado del viaje que Javier hace emulando a Bialett Massé para ver las diferencias y semejanzas de dos Argentinas separadas por noventa años. También fue una manera de seguir pensando la “cultura aluvial”, concepto que el padre de la historiografía moderna argentina, José Luis Romero, había acuñado en los años cuarenta para nombrar supuestas formas sociales plebeyas toscas que habían transformado los planes del pensamiento conservador con la llegada de los inmigrantes hacia finales del siglo XIX y que Trímboli se había encargado de discutir frente a figuras de relevancia institucional y maestros intelectuales.
El libro puede ser leído especialmente como el punto de llegada de unas tribulaciones y unas discusiones que a lo largo de la segunda mitad de la década del noventa Trímboli había protagonizado. En algún momento —puede que por la partida de su amigo Roy Hora a estudiar a Inglaterra— se había dado cuenta de que no quería hacer “carrera académica”. Como decía Zelarayán, no hay cosa sin otro lado. Lo que siguió fue el impulso hacia el “Manifiesto de octubre. Para una crítica de la razón académica” (1997), que Javier se puso al hombro con un primer borrador que luego se terminó de confeccionar entre una decena de profesores y estudiantes de la carrera de Historia que convocaban a debatir el papel de la carrera en la discusión pública. El manifiesto apareció en varias revistas como El ojo mocho (que incluía una separata cuyo título rezaba “Contra el imperio del ethos burocrático”, donde además del manifiesto hay un texto de Horacio González sobre la tradición ensayística perdida) y El rodaballo, además de repartirse entre los estudiantes y docentes de distintas carreras de la UBA. Era un diagnóstico del presente, la crítica a una tendencia decadente para distinguir “el origen de la peste”, del “neomedievalismo liberal-progresista de nuestra Facultad: recintos de retiros monacales, monasterios posmodernos de gruesas paredes a las que no llegan los ruidos de la calle, aunque acaso un poco más el griterío del mercado”. La del manifiesto es una escritura liminar y vitalista, preocupada y propositiva, que sabe que va a ser tildada de “setentista” y así lo hace saber. Para entender el contexto de esta discusión no habría que dejar de leer tampoco el texto de Emilio de Ípola “Un legado trunco” salido en Punto de vista N°58, en agosto de ese mismo año. Son otro tipo de tribulaciones escritas con gracia, las de un profesor de la generación discutida que había sido militante y teórico de izquierda, exiliado y luego apólogo de la socialdemocracia alfonsinista, en donde se pregunta por qué había tanta diferencia entre la cartelería estudiantil de la facultad que seguía diciendo “revolución” y las nuevas premisas teóricas de profesores como él.
Había que llegar a este punto para nombrar a Oscar Terán, que en 1991 invitó a Javier y a Fabio Wasserman a sumarse a la materia Pensamiento Argentino y Latinoamericano, que correspondía a la carrera de Filosofía. Además, Terán coordinaba el seminario de Historia de las Ideas en el Instituto Ravignani de la carrera de Historia, donde Trímboli también participaba. Terán había sido militante de izquierda en los sesenta y estudiante recibido de filosofía, ligado a revistas como Pasado y presente y La rosa blindada. Se especializó en “historia de las ideas” para estudiar con precisión el positivismo, Mariátegui, José Ingenieros o Alberdi y para fomentar la disciplina en decenas de investigadores que lo sucedieron, aunque preservando la lectura dramática. Se lo recuerda como un gran profesor (sus clases salieron por la editorial Siglo XXI) y no estaba exento de momentos donde el pensamiento se corría de la historia para hacer otra historia a su manera, con las reglas de su pasión, como cuando dijo que “Masotta no estaba en la facultad, pero estaba a dos cuadras”, refiriéndose a la educación libre del cafetín, las caminatas, las librerías. Su libro más discutido es Nuestros años sesenta (1991), especie de revisión desencantada de aquella época, escrita como quien dice “ya no soy ese”. Pasó a ser bibliografía repetida sin chistar en decenas y decenas de tesis.
Se puede leer el último libro de Javier, El virus de lo absoluto, entre otras lecturas, también como una respuesta a Nuestros años sesenta, especialmente por la manera en que Trímboli elige seguir leyendo una época no como si nada hubiese pasado, pero tampoco como si todo hubiese pasado. Elige leer esa época desde dos vidas trágicas, antagónicas pero espejadas, las de Paco Urondo y Héctor Álvarez Murena. Pero eso es para después. O no. Lo que quiero decir es que Mil novecientos cuatro está escrito por el costado de la vida universitaria, pensando más bien en las etnografías silenciosas e inolvidables de Fabían Polosecki, periodista y conductor televisivo, ex compañero de Trímboli en la juventud del PC, que se había suicidado un par de años antes. Si en algún momento dice que se estaba viviendo “la muerte de la política”, no le está hablando solo a la política, sino también a su maestro Terán, al modo en que entendía la vida intelectual. El propio Trímboli contó en su última entrevista que, cuando le mostró el manuscrito a Terán, este le dijo que era muy interesante, pero que si seguía por ese camino, iba a ser el camino de Horacio González, amigo y adversario de Terán, con el que no pocas veces, desde aquellos años sesenta hasta la muerte de Terán en 2008, había mantenido fuertes diferencias públicas. Cuestión que Javier le acercó el libro a González y este lo publicó en la colección Puñaladas que dirigía en la editorial Colihue.
Se me ocurre ahora hacer un pequeño momento de paréntesis y traer a colación un artículo de Javier sobre un libro que le resultaba fundamental (lo he visto en algún streaming mostrándolo a la cámara). Es el libro que le piden que reseñe para el número homenaje que la revista de la Biblioteca Nacional dedica a González en 2022. El libro es Perón, reflejos de una vida (2007). Ese libro le interesa particularmente como insumo para estudiantes de Historia, en especial para la escritura de la historia, para que tengan ahí un método sobre cómo enseñar a Perón, al peronismo y a lo que se escapa del peronismo en el torrente complicadísimo de la historia. La escritura de la historia es ejemplar en el libro de González, según Trímboli, porque se deja “agitar por una perspectiva en la que nada de lo que antecedió, así como nada de lo que sucedió, puede ser indiferente”. La edición de El payador, de Leopoldo Lugones, libro extraordinario, sociológico, esotérico y densamente contradictorio que la Biblioteca Nacional publicó para la época del Bicentenario, entre otros prólogos, incluye uno de su director González, uno de Terán y otro de Trímboli.
Fue también en 1999 cuando, fastidiado por la grisura liberal y propedéutica del oficio tal como se lo entendía en varias facultades (ya existía el Instituto de Historia de las Ideas de la Universidad de Quilmes, por ejemplo, fundado por Terán), Trímboli renuncia a la UBA y a la carrera académica para afincarse en distintos trabajos sucesivos como profesor de docentes, como formador de formadores. Una tarea que desarrolló desde los primeros 2000 hasta bien entrados los 2010, cuando empieza trabajar en la TV Pública como guionista, asesor, armador de archivos y demás tareas en torno a la historia argentina pasada por la televisión. Mil novecientos cuatro termina con una carta a Polosecki, firmada desde Córdoba en 1998, donde le dice (otra vez la evocación) que quiere hablar con él, que quiere ponerse de acuerdo con él y ruega laicamente que, con la paciencia de un orfebre, den forma a una nueva creación colectiva “que haga caber en su propio hueco las más rutilantes bellezas de almas amenazadas por lo opaco. Que nos salve. Que eviten que tu búsqueda se llene de pena y te vuelva a arrinconar”. Así termina el libro.
3. Espía vuestro cuello. Memorias y documentos de trabajo (2004-2007), es un artefacto literario especial, mezcla de autobiografía adolescente, ficción morfinómana, bitácora sobre investigaciones en torno a la locura en la obra de José María Ramos Mejía (personaje insoportable y genial) y debate soterrado con las instituciones oficiales de la investigación historiográfica, los grupos de trabajo y, por qué no, la historia argentina imprevista colándose entre las vivencias del que escribe. La historia aparece como aparece Dios, todo el tiempo, sin avisar, y pese a nosotros; porque es uno quien lo evoca o lo pone al lado, para hablarse a uno mismo. Hay una especie de emblema que se repite a la manera de un cartel ambiguo. Es, incluso, la última frase del libro: “La verdad nunca pero nunca es negativa”.
En un momento Trímboli cuenta el día en el que la profesora de dibujo tuvo la ocurrencia de llevarlos al Museo Nacional de Bellas Artes a ver Cuatro maestros modernos: Max Ernst, Giorgio de Chirico, Joan Miró y Rene Magritte. Estamos en 1981, Trímboli está en segundo año del secundario y recuerda como puede, pero entusiasmado, todo lo que pasó ese día: la visita al museo, sus compañeras y compañeros intentando copiar algun De Chirico en hojas canson. Cuando la visita termina todos se van a la confitería que está del otro lado del museo, sobre Figueroa Alcorta. Se piden unos tostados y unas cocas típicas de preadolescentes y hablan de la muestra, ponderan, se ríen. Quien narra se acuerda a ramalazos pero no intenta investigar más, apela a algún tipo de sentimiento pueril, a una melancolía exacta, a un misticismo inocente y se pregunta ¿por qué? ¿Por qué y cómo había hecho Magritte para pintar y hacer coincidir en un mismo lienzo “la zozobra de la noche con la apacibilidad del día”? Después de tomarse el trabajo de contar bien la fachada de la casa, el farol, la penumbra, la espera, el cielo rompiente de nubes esponjosas con un fondo celeste espectacular, remata: “¡Oh surrealistas, cuánto dislate junto que separado no sería tal!”. Toca en ese momento una tensión que intenta dar con una emoción pero que no llega a ser emoción. De alguna manera la emoción en Trímboli es paradoja, para no decir conflicto. Podríamos leer sus textos y escuchar sus clases desde esta defensa del “dislate junto” armando encerronas. El subrayado de las transformaciones en el momento en que están por ser puede que haya sido uno de los objetos predilectos de Trímboli.
Hace unos años le hicimos una entrevista pública a Guillermo Iuso en el centro cultural Reunión Amena, en unas jornadas sobre el lugar del artista. Iuso respondía tipo ping pong, extasiado y certero. En un momento le pedí que me contara sobre una pintura que alguna vez me había dicho que lo había hecho llorar. Dice Iuso: “Era con mi primera novia, a los 15 años. Fuimos al Bellas Artes con sus padres. Yo nada que ver. Yo trabajaba con mi papá. Estamos hablando del año… 81, ponele… y había una muestra de surrealistas infernales en el Museo de Bellas Artes, y había un cuadro de Magritte, que nunca me acuerdo el nombre, que es la calle oscura con el farolito y el cielo… El imperio de las luces. Ese cuadro me hizo llorar. Y después nunca más lloré con un cuadro. No me lo olvido más”. No hay que aclarar que es el mismo cuadro que había visto Trímboli. Él tenía catorce años y Iuso dieciséis, nunca se conocieron, tuvieron vidas paralelas incruzables, pero hubiese sido una linda escena verlos conversar. En una de sus papeletas con fibrón, Iuso dice (faltaría reponer acá el modo figurativo en el que escribe, los colores, los trazos, el lugar de las palabras): “Mi obra. En mi caso el uso del yo se convierte en nosotros, debe ser por cómo cuento las cosas”. Esta suerte de confesión analítica intuida remite un poco a la copresencia de dimensiones en el trabajo, con lo que sucede por fuera, más allá de uno mismo. Incluso puede derivar en las posibilidades que la escritura tiene de enviarnos a otra parte, sea la historia, el arte, la historia del arte o el modo en que se escribe, valiéndonos de la experiencia estética, la rutina cotidiana o el tedio existencial.
4. En el archivo de la Universidad de La Plata está el PDF de una ponencia de Trímboli en unas jornadas sobre Halperín Donghi. Elige hablar de las memorias de Halperín, figura totémica para la historiografía argentina, sujeto irritante, elegante y erudito, maximalista y humilde, ironista declarado y sardónico liberal de una escritura sin parantes. De la escritura de Halperín dice: “su estilo de enorme riesgo, de no poca experimentación, con cierta irresponsabilidad, lejos de inquietarse por la transmisibilidad, por el resultado convincente y a la vez inclusivo de esa escritura, hace de ella otra cosa: un ejercicio de expulsión”.
Hay que decir algo de la relación de Javier con Halperín. Me parece que, además de su originalísima perspectiva, su capacidad de elegir zonas u objetos del tiempo perdidos y su escritura sui generis, le interesa la capacidad que tenía Halperín de verse a sí mismo al interior de su propia clase (una especie de cultura letrada de clase media con una familia típica de las que aprovechan el ascenso social) y de ejercer la ironía que disparaba contra todo, también contra sí mismo, para dejar claro en Son memorias que su propia historia termina en el 55 “porque nada de lo que viene después [lo] conmueve”. Halperín le pone Son memorias para homenajear al libro homónimo de su amigo Urondo, pero no por el poeta ni el mártir, sino por el Urondo niño, como Halperín, crecido en una clase media desesperada por la crisis del 30. De ahí que la amargura de Halperín sea en realidad una especie de adiós largo. Casi toda su obra, aprende Trímboli sospechando de que el nihilismo está a la vuelta de la esquina, es la narración rarísima de una aventura y de un vacío. La aventura de contar la agonía de una clase, de una nación y una disciplina: la historia. No estaría demás decir que Las desventuras del sujeto político es el título de un libro de León Rozitchner en el que se reconocía.
Habría que leer la ponencia sobre Son memorias al lado de la reseña del libro Excesos lectores, ascetismos iconográficos, las memorias de lectura de José Emilio Burucúa, historiador también, profesor de Trímboli en su momento, para ver de qué manera el propio Trímboli reniega y niega la posibilidad de la historia como profesión que pretenda desentenderse (por desenfado o sospecha) de la política concreta, es decir, del peso de la política mientras se hace la historia. En cambio, cuando en 2008 escribe en el N°21 de El ojo mocho un fresco sobre la obra del historiador inglés Daniel James, especialista singular en la relación del peronismo con el movimiento obrero, el anarquismo y las tradiciones políticas plebeyas que lo hicieron posible, Trímboli recuerda a Walter Benjamin, “que le demandaba empatía al historiador materialista”, para vindicar a James. Sin embargo, esa empatía no tiene tanto que ver con la comprensión gris sino con la escucha, con el lazo sentimental con las cosas, la parte teológica de la materialidad del tiempo. Para Trímboli, de esa empatía no puede surgir otra cosa que compromiso político e intelectual con “los heridos de la historia y, más aún, hostilidad con las clases dominantes”.
Severo Sarduy decía que el barroco significaba “todo por convencer” y de alguna manera algo de ese método pende de la obra de Halperín y de Javier, solo que en la de Javier la política, vamos a decir “la época del kirchnerismo real”, vuelve para ponerlo en un lugar de protagonismo que vive con ganas, con preocupación, voluntad y trabajo. Halperín nunca fue otra cosa que un historiador, un profesor y un investigador. Nunca trabajó de otra cosa y siempre vivió la política desde un carromato aristocratizante, de una inteligencia amarga. Javier sí, y fueron los años en los que su ironía con respecto a la historia se va enfrentando con el intento de ponerla en otro lugar, con los recursos de algunos proyectos y los vaivenes de todos. La narración y el balance de todos esos años (escrito desde un nosotros político-cultural y no desde las peripecias del testigo) quedó escrito en Sublunar (2017), suerte de pregunta sobre qué significa la revolución, cuándo y cómo esa palabra se puso en juego en la historia argentina universal y para qué sirve preguntarse por ella en torno a los años de los tres gobiernos kirchneristas. Resuena lo que escribió sobre 1989 y los restos que lo antecedieron y sucedieron. Es un libro de lecturas, de conversación abiertísima, de diatribas y citas, memoria y balance de un concepto que Javier transforma en varios. Por ejemplo, llega un momento en el que la revolución deviene discusión por la palabra “patria” y Javier cita ese artículo fundamental de Roberto Jacoby en la Ramona N° 101, editado solo en internet justo después de los festejos del Bicentenario, en 2010. “Otra vez arte y política: ¡Cristina lo hizo”, así se titula el ensayo. Ahí Jacoby dice esta frase que Javier subraya: “creo estar en lo cierto si digo que no escribía la palabra patria desde 1969”. En el N° 10 de Segunda Época, de noviembre de 2024, ensayó otro balance del kirchnerismo, esta vez más agridulce que Sublunar, aunque mucho más corto y acotado. En una de sus últimas frases se pregunta “¿Cómo volver a los bordes para imaginar otros planes?”. Sublunar es un libro prácticamente anarquista, suelto, en busca de algo más que la pregunta por las generaciones. Tiene una especie de fruición por encontrar la radicalidad de la crítica mientras se busca cómo hacer esa crítica para que haya alguna especie de totalidad a la que enfrentar desde todas partes. En eso anticipa El virus de lo absoluto. En Mil novecientos cuatro ya estaban estas cosas y llamaba míticamente a discutir “absolutamente todo”.
5. Antes de aquel libro final, Trímboli escribió para la colección Pensadores y Pensadoras de América Latina que edita la Universidad Nacional de General Sarmiento. Era un libro breve sobre el historiador peruano Alberto Flores Galindo, cuyo título remata con La escritura de la historia. En esa frase que parece neutral Trímboli retoma problemas que vienen de aquellas discusiones del “Manifiesto de octubre”: la relación de la política con la investigación y la imaginación, la conversación del pensamiento revolucionario con el estilo y la posición tajante con respecto a que una escritura, un pensamiento, incluso un método, es siempre un problema. De ahí que celebra del marxista peruano no solo su relación con la literatura como espacio de tensiones indistinguible del ensayo y de la escritura de la historia (el máximo ejemplo, para Flores Galindo, serían José Carlos Mariátegui y José María Arguedas), sino la capacidad del historiador para no aceptar que la huella de la subjetividad revolucionaria —atribulada, ni qué decirlo— quedara restringida a un epígrafe decorativo que diera paso a una monografía, a veces envasada como libro, a lo sumo de erudición positivista. Es un libro contra la comunidad internacional del saber, los congresos a los que intelectuales de mundo arriban con todo pago, las becas pedidas y otorgadas sin corazón, la academia convertida en una agencia de turismo. Trímboli parece darse cuenta, vía Flores Galindo pero también mirando alrededor suyo el desarrollo desigual de las “ciencias humanas” en Argentina en torno al financiamiento y lo que se hace con él, de todo lo que separa a la vida intelectual latinoamericana de las condiciones históricas pasadas, que posibilitaban cosas como que Trotsky, que debatía en México con Breton y Diego Rivera, pudiera leer la revolución rusa apuntalado por Guerra y paz, de Tolstoi. Es el método de la traducibilidad impensada de momentos del pasado que enseñó Gramsci pero también Lugones; el montaje acatando un pálpito, la ligazón de diferentes fragmentos del pasado, alejados en el tiempo o que pertenecen a distintas series, que “en esta infrecuente escritura de la historia se vuelven contemporáneos”.
El último capítulo del libro se llama “Aparte” y es autobiográfico. Trímboli cuenta cómo conoció los libros de Flores Galindo, en medio de una charla con un desconocido en un tren, en pleno viaje a Perú con la sombra de la caricatura psicobolche diciéndole a un jóven como él, en 1988, los peligros y las aventuras de inscribirse en una tradición. Flores Galindo era el modo en que Trímboli se sentía acompañado por una tradición a la que el mundo no tendía. La revisión de lo que implicaba ser jóven, viajar por la región andina latinoamericana en aquella época (cierta ropa, cierta expectativa, cierta forma de buscar lugares) era también insistir en una mitología siempre imperfecta pero siempre ahí, apacible y tremenda, de la que no se podía salir pero de la que era preciso intentar salir. Esa paradoja, esa tensión sin afuera, era una aceptación y una oportunidad que cualquier lector de Habermas o de Portantiero se estaba perdiendo. “Quizás era la forma de sentirnos menos solos y desahuciados luego de haber aprendido que el horizonte revolucionario al alcance de la mano apenas había sido un espejismo y que, además, nunca sería el mismo después de la derrota del 76. La insoportable complejidad argentina, el insufrible extravío de sus izquierdas respecto de las clases populares y su cultura”. De esto hablaba Trímboli en la presentación de este libro, en medio del seminario América Latina como Problema de la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA. Pero en esa misma presentación, los estudiantes parecían no querer entrarle al tema, como si esa lejanía ya estuviese fraguada, como si el punitivismo o los derechos micropolíticos no tuvieran nada que ver con aquellas causas históricas, que se vienen encima como una tormenta perfecta cada vez que se dice algo de ellas. Puede que de esto trate, finalmente, su último libro.
6. Hay que decir que los protagonistas de El virus de lo absoluto, el libro que Trímboli terminó unos meses antes de morir y que le llevó más de cinco años de trabajo, son, como dije antes, Paco Urondo y Héctor Álvarez Murena. ¿Un poeta y militante montonero y un cascarrabias comediante de su propia lucidez oscura? En realidad hay uno más: el que cuenta, investiga y se niega a hacer un libro sobre los sesenta en general (como lo había hecho Oscar Terán, que aparece de manera intermitente) para hacerlo sobre un cruce particular que se expande como un espiral. El protagonista que escribe, se parece mucho a Trímboli. Es la historia de alguien que quiere saber y que lidia con los sistemas del saber. Es una historia inventada para esconder una real: la tarea de conocer toda una época y, como quien no quiere la cosa, fatalmente, dar con una parcela de la totalidad general del tiempo. El objeto de estudio inicial son las vidas paralelas de dos argentinos prototípicos aunque inclasificables por distintas razones, que comparten escrituras y no comparten convicciones. Dice: “Quizás en Murena el repudio a la Historia sea el empujón que lo lleva a Dios. En Urondo, ya no el repudio sino la desconfianza acerba, cruel, es decisiva incluso para que tome las armas. ¿Vale como hipótesis?”. Son Urondo y Murena, sus libros, su relación con las utopías, sus sospechas, sus dandismos, sus indisciplinas, sus compromisos y sus muertes trágicas —por razones políticas y melancólicas respectivamente—. Contado así parece fácil, sin embargo el libro roza las totalidades insoportables del que quiere saber, cuenta las dificultades de las síntesis aún cuando se recortan dos vidas, una década, una decena de textos y una palabra, si no dos: ¿revolución y cuál más? ¿Tragedia? ¿Sacrificio? ¿Anacronismo? ¿Intimidad? ¿Miedo? ¿Muerte? ¿O se trata de esta frase de Nietzsche que cita al pasar en una nota al pie, “He propuesto que se considerase si las convicciones no son enemigas más peligrosas de la verdad que las mentiras”?
No es un libro difícil sino permanente. Parece querer decir que una vez que se entra a la historia no se puede salir, que todos los abismos tienen abismos a su vez, que las interpretaciones tienen un principio pero que las realidades son paradójicamente parciales, escasas. Lee todo Urondo, lee a los que leen a Urondo, contextualiza, subraya, se ríe. Vuelve al siglo XXI, piensa en la educación media, no sabe qué hacer con lo que le piden que haga. Comprende a la juventud sin dejar de fastidiarse. Discute con socialdemócratas y con optimistas nacionales, con letrados perezosos. Mientras tanto lee todo Murena, lee a los que leen a Murena, contextualiza, subraya, se ríe. No predica, interpreta. Es como si la historia fuera un goce que se padece a medida que se encuentran los hilos que la organizan. El precio de la verdad es el encuentro con “un mismo tapiz finalmente destruido, aunque atravesado por hilos”. Parece ser una definición de historia, de la historia como relación.