Cervio Martini
Como por 1997 me llegó un demo de un juego para Playstation que se llamaba INTELLIGENT QUBE. En él, un rectángulo formado por cubos flotaba en una nada negra. Ahí, un hombrecito-yo veía cómo cada una de las filas de cubos se le venían encima si no encontraba la manera de sortearlas para no morir aplastado. Ese mundo era gris, visón, verde y negro.
Acelero unos exactos 29 años y estoy rodeado de otra nada, esta vez de color blanco y negro, de pronto estos cubos no parecen ser inteligentes, son otra cosa. Me paro, presto atención, alargo el hocico y me doy cuenta que a diferencia de su contraparte veintinueveañera, estos cubos no conocen de píxeles.
Alargo los ojos y veo unas formas sí-geométricas, pero la sombra en una cortina ya me había dicho que acá las cosas no son lo que son, que acá hay novela tras novela cuanto más forzás la vista. Estas islas están acá para dañarme aunque se hacen las desinteresadas, las tiesas a mi alrededor… seguro que si cierro los ojos, hacen micromovimientos hasta morder.

No sé cuál es su orden, y si lo hay, dejo que me ataquen. El primero que parece decirme algo es un señorito completamente dócil aunque firme, que no deja que le llenen la cabeza. Quiero liquidar de un soplido a los escaleríticos dañinos, esos que ya conocía del juego, cuando un lápiz-ojo me toca el culo. No quiero romper nada, me acomodo despacio, re-alargo los ojos y el hombrecito-Nicolás está… ¿pensando? La pose me dice que sí, y creo que la decisión no tiene que ver con algo visible. Aunque me asusta lo macabro del sin-ojos-Nicolás, me tranquiliza que ahora me señala otros dos cubos: uno es un pibe-reloj, que es uno solo a la una, y después es once diferentes instantes del romance. El otro es un nene-cucú que logra eyectar un recuerdo amargo.
Me digo a mí mismo que esto se va poniendo positivo. Y así es: el muchacho está engendrando vida en su cabeza-nido, escuchando consejos mientras apunta a otro con sus flechas-dedo-lápiz, descubriendo que es él mismo flechando una capa de pensamiento-papel que adentro tiene otra capa de pensamiento-papel, y así sucesivamente. Es justo lo que me está susurrando el niño cabeza-de-teatro, el que mira la obra de sí mismo, donde sí mismo es sí mismo, y así sucesivamente.
QUE AMBIENTE ESPIRALADO pensé,
QUE LLENO DE FANTASMAS sentí.
Pero conmigo no. ¡Yo también soy un cubo sentimental, turulas! ¡Bailemos! Pero no: los bordes son afilados, las puntas son afiladas, los vértices son afilados, a lo que yo grito:
¡No me vas a cortar Nicolás!
¡No me vas a cortar!
Dejo esta zamba melancólica, me siento y desalargo el hocico, me meto los ojos en sus cuencas, respiro un poco. Me doy cuenta de que los humanos somos solo vasijas mullidas transportando sentimientos cortantes y que quizás esta vasija con objetos flotantes cortantes es ÉL.