Molestando páginas

Santiago Villanueva

Nada más importante en la historia del arte que la información se demore en llegar. Que algo permanezca a medias, entrecortado, o en sus versiones orales. Ese estado de las cosas y las sensaciones es el momento de la comunión, en el que aparecen los grupos que coleccionan historias, que abren carpetas en las computadoras y que citan de memoria al personaje que todavía no tiene ninguna fuente segura. Cuando la información llega, las historias ya pueden leerse y las obras se ven en galerías, se concreta el momento de la confirmación. No porque se corrobore lo anterior con lo nuevo, sino porque se renuevan votos. Las cosas adquieren dimensión y ya no hablamos en el aire, podríamos decir que es un período de madurez en el vínculo donde se pasa de divulgar a dar testimonio.

Renée Cuellar da vueltas en nosotros hace mucho tiempo. Novelada por María Gainza en las historias de falsificaciones, por las fotografías que la retratan, por Juan Risuleo que decía que en el Bar Moderno atraía y asustaba a la vez, por todo lo que circunda a Masotta, a quien atrapaba como con una red de pesca, decían, y por Rogelio Polesello, compañero de la facultad que la señalaba como de las peores alumnas. Pero, hasta ahora, nunca habíamos visto tanto de su obra. Estaba confirmada su destreza por la cantidad de pinturas que había copiado, pero estaba por verse cómo era esa obra-propia.

En el 2023 me había llegado una imagen de Cuellar internada, era parte de una cadena en instagram que en sus derivas llegó a ser un grupo sobre La Negra y su estado. Había empeorado su salud en los últimos meses, seguro superaba los ochenta y tantos, y falleció pudiendo sostener la extrañeza que su figura tenía desde la década del sesenta. En una nota biográfica de la Galería Magma la describen como “una persona que vivió con principios de otra época, inmutable ante sistemas que no la cambiaron”. Nos perdíamos en su biografía, como pasa con quienes quieren mostrar poco pero hacen que sepamos mucho de una u otra manera. O con quienes dan a cuentagotas lo que hacen, fuera de proporción a lo que se les pide. O quienes están cerca de… y lo traspasan, volviéndose más mito que el mito. Renée había rebotado en todas las décadas, y como todo lo que se espera, crece. La expectativa en la base de solo conocerla por fragmentos ya nos había formado para ver esto que ahora llega de una manera especial.

Y así, al entrar a la sala de exposiciones de la galería Del Infinito, en el último rincón de la galería nos esperaba una proliferación de pollitos hechos con un círculo y unos triangulitos, como quien habla sin parar por teléfono. Mi imaginación imaginaba su destreza única, con la que hizo cada una de las obras que falsificó, mientras los pollitos luchaban en una nueva dimensión: “Con estos pollitos se cumple el trueque, no son meros pollitos, son objeto de meditación. Algunos todavía no son pollitos, sino apenas huevos”.

¿Eso era Renée Cuellar? Una adolescente empedernida, reina total del escuelismo, la perdida en la genealogía que forzamos todos los días para que exista en nuestra lógica el arte argentino: la didáctica de la confesión. La teníamos en el surrealismo convencional de algunas tapas de libros, como De ufos y de veredas, de Juana Ciesler o De los hechos de la poesía, de Alma Cristina Perry, imágenes que como los grabados de Roberto Aizenberg o los dibujos de Jorge Diciervo, son de un surreal entre el collage y la figura flotante, la clásica. Pero no teníamos los pollitos, ni sus letras de firuletes, ni su tarjeta de Licenciada en Artes Visuales. Dos dibujos que forman parte de un cuaderno la presentaban aún más nueva. Uno dice “25 cafés en unas horas me tienen de la cabeza y no tengo un tirito: NEGRA sos PUTA” y el de al lado: “FA SI TO”. En un libro anota “molestando las páginas”, con una flecha en cada dirección. Otro es un retrato de Kafka en la selva y hay más notas en esa letra donde cada palito termina en espiral: “A parte creo que lo hiciste a propósito para tentarme… soy enferma por los pies”.

Ubicada por la exposición (una sala-cápsula curada por el Instituto Argentino de Artistas Rotos y Periferias Estéticas dentro de la muestra Profetas de la descomposición, curada por Javier Villa) entre los ingenuos y los locos, entre Leonor Vasenna y Jacobo Fijman, Renée era la tercera salida, ni ingenua ni loca. La primera había estudiado con Lucio Fontana y luego inaugurado la galería El Taller con Niní Gómez Errázuriz de Paz y Nina Rivero en 25 de Mayo 578, y terminado en el asilo de ancianos de La Recoleta. El segundo había transicionado de sus tempranos poemas surreales hacia un misticismo religioso, que llevó a sus escritos y a revistas como Criterio, terminando en el Borda y muriendo en 1970.

En el centro ideal, la obra de Renée. Aunque lejos a la vez, sin promover nada. Pies y pollitos. Ahí perdido, entre la humilde reconstrucción doméstica de Cuellar que seguía llegando. No era una anécdota, era tanto más que me costaba imaginar qué hacer después. Podía dedicarse a pintar todos los cuadros del arte argentino de nuevo y podía agarrar papelitos y hacer que el tiempo pase: la madurez la dejaba ir solo en los falsos, que seguro están ahí en las casas de coleccionistas, con otro nombre.