Facundo René Torres
Una serie de objetos ensamblados dispuestos como repisas encapotadas rodean el perímetro de la sala. Cada uno de ellos tiene una fuente de luz propia que consiste en un foquito cálido cuya proyección, filtrada a través del papel manteca que hace las veces de un toldo, da al recinto una atmósfera sepia que configura todo lo que allí dentro acaso ilumine algo. Puesto que nada se da sencillo al entendimiento del presunto, borroneado espectador. No hay aquí lugar para la identificación, tal como señala Emmanuel Franco en su reseña para el suplemento Soy de Página 12, mas sí para la anagnórisis. Podemos percibir alternativamente un reenvío hacia la desilusión, la acechanza, la extrañeza, la confusión y la desorientación, la entrega y el abandono. Tales los humores que el visitante desprevenido podrá inferir evocan las composiciones, no sin una pregunta por el conjunto como dispositivo catalizador de modulaciones vinculares.
Se trata de viñetas, sintéticas escenas que establecen relaciones entre elementos a veces afines, otras disímiles. Retacones frasquitos de desodorante en una de ellas y estilizadas botellas de perfume en otra, en ambos casos puestas en fila con un huevo en el medio y ceñidas por un lazo, parecerían indicar una serie por las acciones análogas que se leen en rotulador sobre el papel manteca, salvando los olores por demás distintos que sin embargo parecen llevar al artista a un único destinatario. Así, las leyendas, a su tiempo, rezan: “me toco el culo, me huelo la mano, es vos” y “me toco los huevos, me huelo la mano, es vos”. Lo que deja ver esta opción por la tercera persona en desmedro de la segunda, exhibiendo un uso excéntrico del castellano no obstante muy claro en sus propósitos, es que eso que se huele no corresponde a alguien de cuya presencia en su vida el artista pueda dar fe, sino que se parece más al objeto de una obsesión, siempre sustrayéndose y dejando tras de sí rastros que si bien podrían abonar al estatuto espectral del objeto, tienen para quien huele un efecto de actualización de la experiencia que da cuenta de una posición no melancólica.


El autor de estas obras, en cuya totalidad podemos observar un huevo con alguna clase de sombrero que parece siempre ser depositario de la pureza de los sentimientos mas no de su inocencia, tiene por guía al amor como absoluto, como ideal y como bien. De este modo, el relato que la muestra construye lo deja en una posición desfavorable frente al otro, al que se le asigna el lugar de parte aviesa de la relación, tal como podemos notar en frases como “lo que para mí es doloroso para vos es material de burla” o “yo todo abierto y vos con planes macabros”. Las aspiraciones del artista en tanto encarnación sentimental no pueden materializarse, quedan siempre a expensas menos de lo que el otro pueda hacerle o provocarle, siempre a la fuga, dejándolo solo, que de sus propias concepciones de lo que el amor debe ser, a menudo manifestándose en expresiones de un solipsismo irreductible.
De este modo, el itinerario del huevo con sombrero corresponde a un personaje solitario, sólo proclive a vínculos intensos, siempre expuesto a ser defraudado, por demás irritable, a veces paranoico y con accesos alucinatorios, demasiado distinto del mundo en el que habita: un juego de plataformas en el que lo vemos topándose o enredándose con seres o cosas respecto de los que siente una distancia difícilmente mayor y que sin embargo pretende achicar para ir más allá de la incomprensión, allí donde sospecha que a través de una interpelación fundada en lo que un uso temerario de la intuición puede ofrecer, quizá encuentre la porción de verdad que le es propia como desprendimiento de la unidad rota por la división que toda relación supone.
Cada uno de los huevos que podemos ver en la muestra, acaso el mismo huevo en apariciones sucesivas en el montaje pero aisladas en el relato —la elipsis resulta preponderante en toda la exposición—, lleva consigo, dentro de sí, el semen. Frágil pero combativo, preocupado por preservar el honor de la sustancia que transporta, sólo tranquilo en apariencia, de tribulaciones crispadas, tiene a su sensibilidad en muy alta estima y quiere para sí aquello que nadie es digno de darle y que tampoco él, si existiera en el mundo una entidad que pudiera alojar tal cosa en su seno, sería digno de recibir. Se trata de un agente quijotesco, tentado por los arquetipos y finalmente catapultado hacia el fulgor del extravío que ellos, hieráticamente, le proponen.
Entonces, si ateniéndonos al título consideramos que el protagonista lo da todo y que en esa entrega desinteresada se cifra su triunfo, se trataría del último triunfo asequible, un triunfo pírrico que no le deja vislumbrar un futuro para su corazón.