Camila Coppola
Extraño y familiar a la vez, un conjunto de objetos dispone a la mirada a una actitud de encuentro. Encuentro fortuito entre una cortina de voile, chombas a rayas, polleras plato, cisnes de porcelana, un tocadiscos que toca Carmina Burana y la goma barata de las Skeapeers, sandalias tipo franciscanas devenidas baratija preciosa que toda chica argentina nacida desde los 80s hasta hoy conoce. Objetos de culto dice Forcadell en Meu amigo du Brazil, publicación que acompaña la muestra, finalizada ya, Hip Hip (2025) en Mite. De lado a lado las fotos en marcos pastel recuerdan a figuritas o cuadernos de la infancia. No importa la época, son los objetos de la infancia. Tampoco es nostalgia. Es algo más cercano a una realidad finisecular pero fuera del tiempo. Algo cercano a la simultaneidad, o a la realidad argentina.
Entre el texto y las obras de la muestra hay un continuo. Meu amigo du Brazil entre San Juan y Buenos Aires y la llegada ominosa de Regina y su hermano, los amigos de Brasil. Extraño y familiar a la vez. San Juan puede ser una foto o el fotograma de un video en el que se ve una playa de estacionamiento y de fondo las montañas, el silencio de la siesta y la alfombra de una hostería marrón. Entre el recuerdo escrito y la foto no hay distancia, son dos formas de lo mismo: el encuentro fortuito entre dos figuras de orden distinto. Pastel y neón, raso y lanilla acrílica. La aridez de San Juan y un taxi con los pelos en la cara, todo en la misma ráfaga de segundo. Las percepciones de quien mira y recuerda sin dialéctica. En realidad, de quien ordena luego sin dialéctica, con la sensibilidad vespertina de un rayo pastel.

Meu amigo du Brazil es el adelanto de un texto más largo que Gabriela viene escribiendo desde hace algunos años. Escrito a trompicones, fragmentado, apila sin motivo aparente la colección de objetos de su infancia. Ya mencioné algunos pero podría seguir porque lo que el texto hace es una denotación anecdótica a partir de cada uno de los objetos, que lo organiza y lo estructura, como un móvil de bebé. Ella dice de culto para referirse a los regalos empresariales que recibía su padre y también dice que con sus amigos se pasaban ratos contemplando ante los Kalkitos, unos juegos de figuritas de los años ochenta que funcionaban pegando las figuras de los personajes a presión en paisajes muy disímiles entre sí, paisajes que muchas veces obedecían a estéticas orientalistas o exotistas: la Normandía medieval, el desierto de Mojave, África. La fantasía de un viaje a tierras desconocidas. Es decir, una práctica del culto y de la contemplación material.
Especulo con la continuación de Meu amigo du Brazil e imagino qué cosas aparecerán descubiertas en, por ejemplo, la estadía en Londres de Forcadell, qué tótem reemplaza a los Kalkitos cuando ya no está Regina sino las muestras de arte contemporáneo. También me pregunto si lo que aparecerá serán objetos del presente o si continuará el encastre de esas insignificancias (algún juego situacionista, la imagen movida de un sombrerito, alguna guarda de muselina) a contrapelo de lo que pide el tema, más bien atendiendo a una lógica de iluminaciones.
Cada una de esas naderías era una invención, la materialización de una idea, escribe la rusa Ariadna Efron en las memorias de su exilio en Checoslovaquia, y nos sirve la imagen. En el tratamiento de los objetos que se lee en Meu amigo du Brazil también hay invención, también hay la materialización de una idea, que nos llega como resultado de una sublimación. Estampa contra el misterio del mundo, que por estampa y no relato conserva el enigma.
El texto cierra con una confidencia, un mito de origen. La primera foto que Gabriela sacó no es de un viaje, dice, es de un cobayo arriba de un roller rojo. Encuentro fortuito, como una vidriera de once. Este espíritu se ve en el texto, de la amalgama que se genera únicamente a través de la extrañeza y la familiaridad del punto de vista. En el encuentro de estas impresiones, de estas visiones, no hay contradicción, porque son puestas así como vienen, así como aparecen, depuradas de cualquier orden. No hay, entonces, contradicción, porque es el tono de quien escribe, habla y mira lo que las conecta. En esa afirmación se construye la estética de la simultaneidad, como negando la pérdida de un horizonte de trascendencia, no porque lo recupere, sino porque nunca se perdió. No hace falta llenar ese tiempo de lo que está por venir, lo trascendente. No hay nada que tenga que venir. Está todo ahí, por suceder y sucediendo al mismo tiempo, como la respiración. O como el timelapse de un roller rojo brillante atravesando la aridez de una calle sanjuanina. Imagen sobre imagen del mundo.