Gaviota, viento y posición

Ariel Cusnir

El conjunto de obras, acciones y actividades que produce constantemente Marcelo Galindo acumuló ya suficiente material para no menos que una novela, y resultaría agotador el ejercicio de intentar sintetizarlo en un texto breve como es este.

Pero quiero traer dos ideas para que al menos despierten alguna evocación, que hagan foco en cierta lectura y sirvan de pegamento para unir las muchas partes sueltas de un artista y curador cuya resonancia se ha transformado en una influencia ineludible —a veces abierta, a veces secreta— para muchxs artistas, curadores y críticxs, que el mundo del arte difícilmente pueda engullir pero tampoco expulsar.

La primera idea consiste en que la obra de Galindo procede sobre una forma enunciativa y rítmica propia de la poesía. Algunxs novelistas y narradorxs, que pasaron antes por la poesía, encontraron más adelante una forma de prosa, de discurso, que no deja de incluir esa relojería que paraliza y subvierte el uso corriente de la forma en el pensamiento.

La segunda es una idea de otra naturaleza, una imagen, en realidad, y que posiblemente no llegue a explicar bien: una gaviota que entrena su vuelo de frente al viento. En este caso, pienso en sus curadurías.

¿Por qué en cada escollo de su obra anida la poesía? ¿Cómo se manifiesta esta idea?

Galindo tiene en su haber varias líneas de trabajo que podríamos ordenar de la siguiente manera: sus trabajos en single y sus trabajos en colectivo o colaboración. Sus trabajos en single, a su vez, podríamos ordenarlos por disciplina: una primera etapa que ha retomado en esta nueva muestra que serían los vídeos, del estilo torta de videos, y una segunda que serían las performances, también llamadas conferencias performáticas. Estas dos vías de trabajo tienen en común varios elementos. Las acciones ocupan el rol de una guía, acciones que suelen poner en evidencia relaciones automatizadas sujeto-sujeto, sujeto-objeto, sujeto-objeto-sujeto, pero que, además, con las armas del ingenio y una innata capacidad para el humor, desarma el discurso que las ordena, como diría Aira, hasta la última tuerca. Se trata de un tipo de acción desbordante, deliberadamente anarquista, una acción antidiscursiva que juega en los bordes de la caja que la contiene, la del lenguaje común, la del consenso de las costumbres y de las tendencias.

En paralelo a este campo del sentido estallado, la acción pertenece al mundo de la anécdota. Absurdas, gestuales, la mayoría de estas acciones las podemos describir de forma muy llana: Galindo le ladra a un perro, hace caminar una silla por la casa, ayuda a crecer a su planta meditando, orina mientras bebe sentado en la terraza, espera al tren en las vías hasta que se acerque lo más posible antes del accidente (¿fatal?). Si describimos estas acciones tan sencillamente, dejaríamos afuera el desarrollo del procedimiento, el estilo marcado y, en particular, un uso del tiempo, de los silencios, los ceceos, de las respiraciones, gruñidos, gritos, caras, los gestos que amplifican el sentido corriéndose de esa primera forma de anécdota. Hay un juego en la tensión entre la eficacia del argumento y el vaivén de la acción donde se manifiesta un pequeño abismo, grietas de lo esperable que demuestran nuestra ingenuidad, a veces policial, otras veces dormida, frente a la realidad como algo incuestionable. Frente a esas cosas que nos son difíciles de nombrar, el uso del lenguaje se vuelve como una mochila, y cuando la forma es usada como herramienta, los signos aletargados por un uso que los desgasta, se desmontan en un juego cómplice y subversivo sobre los acuerdos morales de una vida normal. La anécdota funciona como el título de un procedimiento formal, rítmico, con la acción y la incomodidad como herramienta de una curiosidad lanzada a divertirse en buenas compañías. Como un niño robando las llaves de los adultxs y arrojándolas al inodoro, la moraleja descubierta por la sorpresa podrá buscar una nueva forma.

Pocas veces vi y escuché a la gente desternillarse de la risa y doblarse a la mitad saliendo de una muestra de arte como con las obras de Galindo. La poesía y el humor comparten elementos formales y Galindo lo sabe.

Ahora volvamos a la imagen: una gaviota se ejercita sosteniéndose como un dron en un mismo punto con el viento de frente. Pongamos que Galindo, en su faceta curatorial, es el viento que fuerza las intenciones, deseos y argumentos de lxs artistas a oponer resistencia a la posición de control sobre su trabajo de forma intensa, envolvente y activa. Viene a dar lugar a la sugerencia, la negativa y, mejor aún, al encargo liso y llano. Sin necesidad de entenderlo, uno advierte que lo que está sucediendo es una colaboración con otro artista. Y, digámoslo de una vez, un artista maravilloso, de una fe y un arrojo que emocionan y contagian.

La gaviota que resiste o entrena frente al viento no es otro que el que produce estas obras colaborativas. Podríamos nombrar varios proyectos que, de su propio gen extralimitado, están inconclusos pero nunca abandonados: una novela escrita entre 100 personas; una obra de teatro que incluyó al equipo entero de El Vómito e invitadxs; Geometría Pueblo Nuevo, un colectivo de artistas del espectro autista(?) que, si conseguimos llegar al final de la tarea, fue con el apoyo fundamental de las fechas y espacios concretos: la galería Piedras, la editorial Ivan Rosado y Cancillería Argentina en la Bienal de Venecia.

Si antes puse a Galindo del lado del viento en la imagen, ahora la vamos a dar vuelta e imaginarlo como la gaviota, que entrena mientras ahorra energía de su eficacia en el ejercicio contra ese viento que resiste. Frente a esa fuerza de gravedad que aplasta a artistas y agentes del arte, lo que Daniel Santoro llama el epifenómeno, a Galindo también le sirve de guía. Es de frente a esa dirección donde va a entrenarse y mantenerse exactamente en el mismo punto, para mantenerse en forma, calibrar su vuelo, como una preparación para cruzar las anchas aguas.

UPS, NO! ARRIBA! es técnicamente su segunda muestra individual de galería. La primera fue hace exactamente 20 años, y si es que alguna vez estuvieran separadas, en UPS… se expresa genuinamente la coexistencia de ambos tipos de obra, la del Galindo artista en single y la del Galindo guionista y curador. Consciente de su interioridad y de su exterioridad, Galindo sopla como el viento y planea como la gaviota, oscilando entre sujeto y sistema. En ese tránsito se abren vacíos felices, habitados por una inestabilidad alegre. Y de ahí irrumpe, a modo de síntesis, una tercera posición: la materialidad, nueva y antigua a la vez, del Galindo dibujante y pintor.

Fue así, pasando paulatinamente de curador a guionista, de guionista a dibujante y de dibujante a diseñador, que realizó el proceso de estas historietas. No mucho después, de dibujante a pintor, produjo una pintura que contiene en sí los elementos antes mencionados. Las ideas insistentes, divertidas, enroscadas, se vuelven asociaciones rítmicas, con conexiones hilarantes, gobernadas bajo ciertas premisas que se nos escapan. Todo se transforma en símbolo de algo que creemos entender, una suerte de trama entre los seres y objetos une cada escena. Los títulos colaboran con este método distorsivo. Este Galindo dibujante y pintor empezó a aparecer durante las experiencias de Geometría Pueblo Nuevo (GPN), con mayor despliegue en la muestra que hicieron con Juane Odriozola en Komuna y ahora de forma prolífica y exuberante en Moria.

De los vinos podemos encontrar un eco de aquella primera muestra: una extensa colección de copas robadas de otras inauguraciones ofrecidas en exhibición. Galindo las usa y las destruye en el ritual de inaugurar. Aquí el vino se ofrece como una recurrencia y parodia de las inauguraciones, en un ritual de segundo orden. Recuerda también a la botella de vino bebida de una sola vez en fondo blanco, que fue el inicio de su conferencia en el Museo de Arte Moderno de Buenos Aires. O a la performance en el ciclo de Perfuch, donde preparó su célebre trago Estómago de Artista. Y aún más, o en primer lugar, al ritual juvenil de los tubos de vino que vaciaban con Pablo Katchadjian y Santiago Pintabona por las calles antes de ser increpados por algún policía solitario.